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miércoles, 4 de julio de 2018

Consejos a predicadores jóvenes. Homilética 1


o   Tu Biblia debe estar sobre el púlpito, y no cerrada y a un lado, como otros lo han hecho. Esto último es de muy mal gusto.
o   Recuerda que no se dice: "Primera de Samuel" o "Primera de Reyes". Estos son libros, no epístolas, y libros es una palabra de género masculino. Se dice: "Primero de Samuel" y "Primero de Reyes". Cuando estés hablando de epístolas dirás: "Primera de Timoteo" o "Primera de Pedro", porque la palabra epístola es de género femenina.
o   No te excuses diciendo que te faltó tiempo para preparar el mensaje, o que te lo dijeron tarde, o que eres muy joven. Eso es de muy mal gusto y a la gente le molesta. Desestiman a partir de ese momento todo lo que vas a decir. Norman Holmes nos exhorta:

¡Jamás se disculpe por su mensaje al comienzo! Si usted dice que el mensaje no es muy bueno, su audiencia le creerá y no va a recibir lo que usted dirá. Algunos ejemplos de esto son: “He estado muy ocupado para prepararme”; “no he predicado lo suficiente aun”; “perdí las notas de mi sermón”, o “me siento desanimado pero trataré de predicar de todas maneras”. No pida disculpas por su mensaje aunque haya tenido muchas dificultades y no se sienta preparado. La gente está hambrienta de escuchar de Dios y el Señor es capaz de ministrar más allá de nuestra habilidad. Cuando se pare detrás del púlpito, invoque al Señor en su corazón y pídale que supla las necesidades de las personas presentes (1).

o   No leas el sermón, a menos que quieras dormir a la gente. Necesitas tener contacto visual con ellos. No obstante, ten cuidado de no fijar tu mirada en una sola persona o grupo de personas. En general se calcula que se debe estar el 90% del tiempo del mensaje mirando a la congregación (2).
o   El bosquejo se mira brevemente para orientarte. No es malo que leas las citas bíblicas o los pensamientos de otras personas, pero no lleves el sermón escrito con el propósito de leérselo a la grey. Pensarás que les estás leyendo algo que encontraste en un buen libro y rechazarán el mensaje
o   Debes haber dormido bien la noche anterior. El sueño deprime y desconcentra.
o   Cerciórate de tener un pañuelo siempre cerca, por todos los imprevistos que puedan ocurrir.
o   Preséntate limpio y vestido de un modo en que armonicen la elegancia y la sencillez. Esta última es importante para que los miembros no se desconcentren con tus atavíos si eres una hermana o con la extravagancia de la corbata si eres un hermano.
o   Recuerda que en el púlpito y fuera de él, el hombre debe parecer hombre y la mujer debe parecer mujer, lo mismo en el modo de vestir, que de hablar y gesticular.
o   Los rostros de los oyentes no siempre reflejarán un buen espíritu. No te dejes intimidar. Igual que siempre existirán personas que te quieran y personas que no te quieran, así también siempre existirán  personas que te escuchen con agrado y otra que hasta se molestarán con lo que digas. Sigue adelante con tu sermón. Eres el mensajero de Dios en ese momento, y por humilde que sea tu modo de decir las cosas estás proclamando una verdad que la está escuchando el mundo natural y el mundo espiritual. Adelante, no mires fijo a nadie, balancea la vista por todo el auditorio y adelante, sin contraerte o molestarte, sigue adelante con tu sermón. Dios te va a respaldar.
o   No grites. Eso denota nerviosismo. El propio fluir del Espíritu Santo te guiará en las declinaciones de la voz. “Sudor no es unción”. El modo más eficaz de hablar es en un estilo conversacional, como si estuvieras hablando con una sola persona (3). No hay nada más bueno al predicar que ser natural. Por otro lado debes cuidar tus cuerdas vocales. Las necesitarás toda la vida; son la herramienta de trabajo del predicador.
o   No hables muy rápido porque no te entenderán.
o   Si predicas al aire libre es mejor hacerlo en la dirección del viento. Esto te va a ayudar a proyectar la voz.
o   Si utilizas agua para beber durante el mensaje ésta no debe ser fría; te puede dañar su voz.
o   No te dejes deprimir por el número de personas presentes. Hay predicadores, fundamentalmente evangelistas, que me han confesado: “Cuando no veo las multitudes me deprimo”. Jesucristo no anduvo en Tierra Santa como predicador sensacionalista y dependiente de números. Su más grande sermón lo dio a un anciano solitario en una noche recogida (Jn. 3:16). Es tan importante que prediques a un auditorio grande como a uno pequeño. Hazlo con el mismo amor. Es el mismo Dios. La experiencia enseña que cuando se es fiel en lo poco Dios nos lleva a lo mucho (Mt. 25:23).
o   No intentes impresionar a la gente con palabras rebuscadas. No te comprenderán. El más grande evangelista del siglo XX, Billy Graham, dijo usar siempre, en sus campañas, el lenguaje de un niño de doce años (4). Una de las claves del éxito es que la gente te comprenda.
o   No adule a miembros de la congregación para ganar su favor.
o   No mencione los nombres de las personas importantes que conoces para demostrar  que tú también eres importante.
o   Hay términos que, sin ser malsonantes, son demasiado vulgares. Evítalos a toda costa.
o   Nunca, a fuerza de exagerar tratando de impresionar, falsees un testimonio. El Espíritu Santo solo da testimonio de la verdad. Esa historia que te parece insignificante de aquel día en que Dios te levantó y te dio fuerzas para vivir, esa será la que respalde Dios, porque Su Espíritu da testimonio de la verdad (Jn. 15:26).
o   No uses el púlpito para lanzar "indirectas", es decir, hacerle a la gente críticas que creemos merecen pero no se las queremos decir personalmente. Esto aun lo he visto hacer a predicadores experimentados. No sigas los malos ejemplos. El Espíritu Santo habla no para criticar mordazmente sino para exhortación, edificación y consolación (1 Co. 14.3). Pueda Él usarte en estas direcciones. No seas canal para herir a los demás.
o   No te jactes de ser superior a los que te escuchan. Recuerda que detrás de los púlpitos todos somos “leones”, pero luego hay que descender y la misma tempestad que amenaza con anegar la barca de tus hermanos te puede a ti también hacer naufragar.
o   Si eres de los que tienes el arte de hacer sonreír a los demás con alguna ocurrencia debes saber que tienes un arma poderosísima frente a un auditorio. El buen humor tiene un efecto relajante indiscutible y hace  que la gente la pase mejor. A Spurgeon se atribuyen las palabras: “…mejor que dormirse es reírse”.
o   No golpees el púlpito. El auditorio se contrae cuando lo haces y no falta el que se asusta. Recuerda que hay mujeres y niños presentes, pero, aunque no estuvieran, es de mal gusto.
o   Si tienes necesidad de mencionar nombres como los de Livingstone, Carey, Moody, Spurgeon, Finney y demás, recuerda que está comprobado que el 80% de los presentes no sabrán de quien estás hablando. Debes explicar quienes han sido en la historia del evangelio.
o   Recuerda que más importante que lo que dices es lo que transmites. Es contraproducente hablar de paz, si estamos reflejando en el gritar y en el movernos agitada y desordenadamente, casi una crisis nerviosa.
o   No imites otros estilos. No trates de ser Yiye Ávila (5) o Benny Hinn (6). Dios irá puliendo tu estilo propio. “El que imita fracasa”. Existe además una extraña tendencia a imitar con más facilidad lo malo que lo bueno.
o   Predica con persuasión. No acuses. No apuntes con el dedo a nadie. No ofendas. Persuade con la palabra, no te impongas. La persuasión es el arma del predicador de púlpito.
o   Predica con compasión. Son almas por las que Cristo murió. Él les da un valor inmensurable. Carlos Spurgeon escribió lo siguiente acerca del célebre George Whitefield: "Escuchen cómo predica Whitefield, y no se atreverán a caer en letargos nunca más. Winter dijo que “algunas veces él se sobrepasaba en su llanto, y frecuentemente muy conmovido, que por unos momentos usted no sabría si lograría recuperarse; y cuando lo lograba, requería un poco de tiempo para componerse bien. Raras veces él predicaba un sermón sin que llorara. Su voz era interrumpida constantemente por sus emociones" (7).

El escritor Alex Montoya, en este mismo punto nos comenta:

En esto consistía el secreto del éxito de Whitefield. No era su capacidad, sino su compasión. Su amor y preocupación por la gente echaban a andar los motores de su oratoria (8). (…) Una vez un sabio predicador dijo: “Sé amable con cada uno porque cada uno pasa por momentos difíciles”. ¡Qué gran verdad es esa! Mientras observo a las personas entrando al santuario los domingos por la mañana, sentándose en sus lugares, y prepararse para la adoración, estoy continuamente al tanto del dolor que ellos tienen y las cargas que llevan. La mayoría las soportan estoicamente, no dejando ver que tienen estas preocupaciones. Ellos están al punto de llorar; si tan solo hubiera alguna persona cariñosa que simplemente se preocupara y tuviera un interés amoroso en sus vidas. Desdichadamente, no hemos aprendido el arte de escuchar el grito silencioso del alma angustiada (9). 

Tomado de O. Ríos V., Tus primeros sermones, La Habana: Editorial Calitad, 2011, pp. 39-45.




[1] N. Holmes, Homilética: cómo preparar y predicar sermones, p. 78.
[2] N. Holmes, Ibíd. p. 125.
[3] Reginald Stone, Conferencias de Homilética, p. 3.
[4] R. Stone, Ibíd., p. 12.
[5]Yiye Ávila (Seudónimo de José Joaquín Ávila). Destacadísimo evangelista internacional puertorriqueño. Su ministerio “Cristo viene” y su programa televisivo “La cadena del milagro” hace de él una de las influencias más nobles para el evangelio pentecostal latinoamericano en el siglo XX. (Nota del autor.)
[6] Benny Hinn. Destacadísimo evangelista internacional de origen israelí. Tiene la base de su ministración actualmente en Texas, Estados Unidos. (Nota del autor.)
[7] Charles H. Spurgeon, Lectures to my students, p. 307.
[8]Alex Montoya, Predicando con pasión, p. 68.
[9]A. Montoya, Ibíd., p.75

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